
El médico y académico participó en un ateneo sobre neuroderechos
Las personas tienen derecho a la privacidad mental y a la identidad personal. Son dos de los cinco neuroderechos que, en el año 2017, un grupo de expertos de la Universidad de Columbia (Estados Unidos) comenzaron a redactar ante la preocupación creciente de que el progreso podría llegar a interferir con nuestra actividad cerebral. El científico español Rafael Yuste estuvo metido de lleno en aquel proyecto, y ayer protagonizó una de las ponencias del «XXVI Ateneo de bioética:neuroética y neuroderecho», que se celebró en la Fundación Paideia de A Coruña. Una discusión organizada por la Fundación Ciencias de la Salud que preside Diego Gracia, psiquiatra, catedrático emérito de Historia de la Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Real Academia Nacional de Medicina y una de las voces más autorizadas a la hora de hablar de bioética que se puedan encontrar.
—Resulta un tanto inquietante haber llegado a un punto en el que haya que debatir sobre neuroderechos.
—Las novedades que se están produciendo en las llamadas neurociencias son tantas y tan importantes que están haciendo surgir nuevos términos, como los de neuroética y neuroderecho. Estos neologismos designan disciplinas que buscan promover la reflexión sobre las consecuencias que para la vida de las personas pueden llegar a tener los nuevos descubrimientos que se están dando.
—¿Habíamos estado antes frente a un escenario de este calibre?
—La humanidad siempre ha fantaseado con la posibilidad de manipular el psiquismo humano. Lo que sucede es que hasta hace muy poco tiempo se trataba solo de fantasías, que ahora comienzan a ser reales. De un mito hebreo como el Golem estamos pasando a otros más sofisticados, como los llamados ciborgs o cibernetic organisms. Hay mitos que poco a poco van convirtiéndose en realidades.
—¿Vamos ya tarde a la hora de prevenir malas prácticas?
—Hoy son varios los medios técnicos que existen para estimular el sistema nervioso en direcciones precisas, de modo que las personas hagan lo que nosotros queremos, pero creyendo que hacen lo que ellos quieren. Ni que decir tiene que estos adelantos técnicos necesitan de regulación y control, porque no todo lo que es técnicamente posible es, sin más, ética y jurídicamente correcto.
—Elon Musk introdujo el año pasado el sistema Telepathy, un chip que implantó en el cerebro de un hombre, saltándose cualquier cortafuegos ético. ¿Preocupante?
—Sí, es muy preocupante. No parece que ese sistema de Elon Musk haya funcionado muy bien, pero, en cualquier caso, nos orienta sobre la dirección que están tomando los acontecimientos. Y a cualquiera se le ocurre que ese enorme poder de control de las mentes y las conciencias tiene que estar, cuando menos, muy estrictamente regulado.
—Tampoco hemos visto una gran censura social hacia Musk por esto. ¿Estamos dispuestos a aceptar cualquier novedad tecnológica?
—Tiene razón. Vivimos aún en la fantasía positivista de que la ciencia y la técnica son buenas en sí, que van a arreglar el mundo, y que, si aún no funciona muy bien, es porque la ciencia y la técnica no han avanzado suficientemente. Pero que ya queda poco. Esa es la fantasía en la que vive la
mayor parte de nuestra sociedad.
—Y, ante grandes encrucijadas, la bioética. Pero, en decisiones sobre la vida de pacientes, donde dos más dos no son cuatro, ¿no hay ideología y, por tanto, política?
—Los comités de ética nada tienen que ver con la política. Son cosas completamente distintas, con objetivos y lógicas diferentes. Lo que sucede es que la política acapara de tal manera la atención de los medios que parece que lo invade todo. No es verdad. Hay que distinguir muy claramente la gestión política del Estado y lo que es la vida de la sociedad civil. La ética se encuentra en este segundo plano, ese que se aprende en las escuelas y que lleva a las personas privadas a vivir y actuar intentando ser fieles a ciertos valores fundamentales. La sociedad es anterior al Estado; el Estado es un epifenómeno de la sociedad. Dime qué sociedad tienes y te diré cómo funciona tu Estado. La sociedad se construye en las escuelas, no en los Parlamentos.